La cara oculta de las escuelas charters

Por Alberto Ampuero*

Así como la sombra crece cuando declina el sol, así también crecen las escuelas charter ante el ‘ocaso’ de las escuelas públicas. Como resultado, cada vez hay menos estudiantes en las escuelas tradicionales y cada vez son más los alumnos registrados en las escuelas charter.

El año pasado se inscribieron 56,000 nuevos estudiantes en las charter de California.

La expansión de las escuelas autónomas (charter) es un elemento central en la agenda educativa de la administración Obama.

El 30 de julio de 2009 el Comité de Asignaciones del Senado aprobó un aumento de 40 millones de dólares para el financiamiento de Programas Federales de “Escuelas Charter” (CSPs), elevando la financiación total a 256 millones para el ejercicio económico 2010.

La meta original de las escuelas autónomas es crear nuevos modelos educativos que las escuelas públicas regulares pudieran imitar.

Aparentemente, el presidente Obama comparte la retórica ideológica de que las escuelas charter serían de alguna manera locomotoras de la innovación que promete mejorar los resultados de todas las escuelas públicas, pero la verdad es que el ímpetu real detrás de las charter no apunta a la innovación, ni a mejorar las escuelas charter, sino a privatizar las escuelas públicas.

Se arguye que las escuelas no están mejorando, pero en cambio se sustituyen escuelas públicas por instituciones privadas “sin fines de lucro” y sin sindicatos.

Financiadas con el dinero público, pero administradas como instituciones privadas, las charter schools pueden sustraerse a la mayoría de las reglamentaciones vigentes en el sistema público. Así, más del 95 por ciento de ellas se niega a contratar docentes sindicados.

Algunas charter schools están dirigidas por intereses privados, otras por asociaciones sin fines de lucro. Su modelo de funcionamiento descansa sobre un fuerte índice de renovación del personal, pues los docentes deben trabajar intensamente (a veces 60 ó 70 horas por semana) y dejar su teléfono celular prendido para que los alumnos puedan encontrarlos en cualquier momento. La ausencia de sindicatos facilita tales condiciones de trabajo.

Como parte de su plan Race to the Top (Carrera hacia la meta), el gobierno de Obama tentó con subvenciones de 4,300 millones de dólares a los estados que estaban asfixiados con la crisis económica. Para obtener este beneficio, estos últimos debían suprimir todo límite legal a la implantación de las escuelas charter.

Las escuelas públicas ahora serán forzadas a elegir el estímulo del dinero por sobre la política, una forma de extorsión económica para forzar a todos los estados a incrementar la cantidad de escuelas charter; aún cuando todo lo que ‘brilla’ en las charter no es oro.

 El nivel de las escuelas es muy desigual. Algunas son excelentes; otras, catastróficas. La mayoría se sitúa entre ambos extremos. La única evaluación a escala nacional realizada por Margaret Raymond, economista en la Universidad de Stanford, revela que únicamente el 17 por ciento de estos establecimientos exhibe un nivel superior al de una escuela pública comparable. El 83 por ciento restante obtiene resultados similares o inferiores.

En los exámenes del National Assessment of Educational Progress (NAEP) en lectura y en matemáticas, los niños que frecuentan las escuelas charter obtienen el mismo “puntaje” que los otros, se trate de negros, latinos, pobres o alumnos que viven en las grandes ciudades. No obstante, el modelo se presenta como un “remedio mágico” para todos los problemas del sistema educativo estadounidense.

Esa falsa percepción se ve generalizada en el público cuando los medios de comunicación se interesan por el tema y focalizan su informe en establecimientos excepcionales. Intencionalmente o no, dan entonces la imagen de verdaderos “paraísos” poblados de docentes jóvenes y dinámicos y de alumnos en uniforme, de modales impecables y todos capaces de entrar en la universidad, dice Diane Ravitch.

Pero estos informes descuidan algunos factores determinantes. Para empezar, señala Ravitch, los establecimientos de buen nivel seleccionan a sus alumnos entre las familias más motivadas escolarmente. Además, aceptan menos alumnos de lengua materna extranjera, discapacitados o sin domicilio fijo, lo que les da una ventaja respecto a las escuelas públicas. Por último, tienen el derecho de mandar de vuelta a la escuela pública a aquellos elementos que “desentonen”.

Y pensar, dice Ravitch, que cuando el movimiento a favor de las escuelas charter levantó vuelo, descansaba en la seguridad de que esos establecimientos serían fundados y animados por docentes valientes y desinteresados que saldrían al encuentro de los alumnos con mayores dificultades. Ya que, ‘libres para innovar’, favorecerían a toda la comunidad por los conocimientos adquiridos cuando se reintegraran al sistema público.
Resultó lo contrario. En la actualidad, estos establecimientos rivalizan abiertamente con las escuelas públicas.

Tomado de www.mundopopular.org

*Alberto Ampuero es periodista radicado en Riverside. ampueroalberto@yahoo.com

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